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lunes, 17 de marzo de 2014
EL HADA Y LA SOMBRA
Los cuentos infantiles, no sólo sirven para entretener a los niños, sino que tienen la capacidad detransmitir valores importantes para su educación. Y compartir con nuestros hijos la hora antes de acostarse, contándoles un cuento, nos ayuda a establecer un vínculo afectivo con ellos. Durante este tiempo, y lejos de otras distracciones, los niños tienen toda nuestra atención, se sienten queridos y sin duda, también a los padres nos ayuda a relajarnos y dejarnos llevar por la magia de estas historias.
En la página web Cuentos para Dormir, su autor Pedro Pablo Sacristán ha recopilado una serie de cuentos originales cuya misión, según él mismo define, es ayudar a los padres y educadores en su tarea, facilitando el uso de medios creativos y originales para implantar los valores esenciales en una etapa clave del desarrollo de los niños. Desde Pequeocio os animamos a visitar esta fantástica página, y os traemos uno de los cuentos que más nos han gustado, cuya moraleja es la importancia de la lealtad y el compromisocomo bases últimas de la amistad y el amor.
Cuento de El Hada y la Sombra
Hace mucho, mucho tiempo, antes de que los hombres y sus ciudades llenaran la tierra, antes incluso de que muchas cosas tuvieran un nombre, existía un lugar misterioso custodiado por el hada del lago. Justa y generosa, todos sus vasallos siempre estaban dispuestos a servirle. Y cuando unos malvados seres amenazaron el lago y sus bosques, muchos se unieron al hada cuando les pidió que la acompañaran en un peligroso viaje a través de ríos, pantanos y desiertos en busca de la Piedra de Cristal, la única salvación posible para todos.
El hada advirtió de los peligros y dificultades, de lo difícil que sería aguantar todo el viaje, pero ninguno se asustó. Todos prometieron acompañarla hasta donde hiciera falta, y aquel mismo día, el hada y sus 50 más leales vasallos comenzaron el viaje. El camino fue aún más terrible y duro que lo había anunciado el hada. Se enfrentaron a bestias terribles, caminaron día y noche y vagaron perdidos por el desierto sufriendo el hambre y la sed. Ante tantas adversidades muchos se desanimaron y terminaron por abandonar el viaje a medio camino, hasta que sólo quedó uno, llamado Sombra. No era el más valiente, ni el mejor luchador, ni siquiera el más listo o divertido, pero continuó junto al hada hasta el final. Cuando ésta le preguntaba que por qué no abandonaba como los demás, Sombra respondía siempre lo mismo “Os dije que os acompañaría a pesar de las dificultades, y éso es lo que hago. No voy a dar media vuelta sólo porque haya sido verdad que iba a ser duro”.
Gracias a su leal Sombra pudo el hada por fin encontrar la Piedra de Cristal, pero el monstruoso Guardián de la piedra no estaba dispuesto a entregársela. Entonces Sombra, en un último gesto de lealtad, se ofreció a cambio de la piedra quedándose al servicio del Guardián por el resto de sus días…
La poderosa magia de la Piedra de Cristal permitió al hada regresar al lago y expulsar a los seres malvados, pero cada noche lloraba la ausencia de su fiel Sombra, pues de aquel firme y generoso compromiso surgió un amor más fuerte que ningún otro. Y en su recuerdo, queriendo mostrar a todos el valor de la lealtad y el compromiso, regaló a cada ser de la tierra su propia sombra durante el día; pero al llegar la noche, todas las sombras acuden el lago, donde consuelan y acompañan a su triste hada.
Fuente: Cuentos para Dormir
sábado, 1 de febrero de 2014
PRIMER CUENTO DE FEBRERO
lunes, 6 de enero de 2014
sábado, 4 de enero de 2014
EL MUNDO DE LOS CUENTOS
Esta era una vez, el
sapito tilin, que se escondía de día y por las noches dejaba escuhar su
voz: Un danzón, 1, 2, 3 repetía una y otra vez. El sapito Tilin movía
sus pies! bailaba, reía y se colocaba al revés. 1,2,3, repetía una y
otra vez. mientras esto hacía, con su lengua atrapaba, luciérnagas y
grillos.
Escondida en la otra
orilla del estanque la ranita Platanita, lo miraba, lo miraba... y
practicaba. Jajajaja que dificultad, siempre caía al agua y el sapito
Tilín se decía : Uhmmm que loquita está esa ranita!!.
Pobre ranita platanita
decía el sapito tilín quizás deba ayudarla para que aprenda a bailar con
estilín, como este hermoso sapito que la vuelve loquita, loquita, con
su danzón, 1, 2, 3. Vamos platanita ven a bailar, mueve bien tus pies:
1, 2, 3, ahora ponte al revés. Y así, pasaron las horas y llegó el
amanecer, cansaditos estaban los dos. Bueno platanita es hora de dormir,
que cuando venga la luna, bailaremos tu y yo, 1, 2, 3. Un danzón
Rosa Ferrer (Garlod): (autora y titular de todos los derechos de esta obra y la ilustración,)
miércoles, 1 de enero de 2014
AÑO 2014
Un año nuevo
Pancho Aquino
Dicen
que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de
las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra.
- ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién
llegado.
Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo.
Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo.
Y bueno, todas esas son cosas muy importantes.
Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos
pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas
cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo.
¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? - Dice el más joven y
entusiasta de los ángeles.
¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano.
¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano.
Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel
pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente
mañana, tarde y noche, hasta 1os últimos minutos del último día del año.
Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo
esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y
clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía:
"Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor:
sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres.
"Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor:
sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres.
Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños,
jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el
calor del amor, el calor que tanta falta nos hace.
Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos
perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia
felicidad".
Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles
cómplices sonreían satisfechos.
Del libro: "Cuentos para Niños de 8 a 108 II" - Pancho Aquino.
lunes, 30 de diciembre de 2013
LA SOLIDARIDAD, UNA COSA NECESARIA.
CUENTO
SOLIDARIO
Dime cuánto pesa un
copo de nieve -, preguntó un colibrí a una paloma.
- Nada -, fue la
respuesta.
- Si es así, he de
contarte una historia -, dijo el colibrí.
"Me posé en la rama de
un pino, cerca de su tronco. Empezaba a nevar, no era nieve de una gran
tempestad, era como un sueño sin ninguna herida ni violencia. Como no tenía
nada que hacer empecé a contar los copos mientras caían sobre las ramas de mi
tronco. El número exacto fue 1.141.952. Cuando cayó el siguiente copo (sin peso,
como tú dices) la rama se rompió."
Dicho esto, el colibrí levantó
el vuelo.
La paloma, una autoridad en la
materia desde los tiempos de Noé, se paró a reflexionar y, pasados unos
minutos, se dijo:
- Quizá sea sólo
necesaria la colaboración de una persona más para que la solidaridad se abra
camino en el mundo.
Kurt Kaufer - Jatun
Sunqu
PREC IOSOOOOOOOOOO
UNA
HISTORIA PARA PENSAR
Una
señora toma un tazón y le pide al camarero que se lo llene de caldo. A
continuación se sienta en una de las muchas mesas del local.
Pero apenas sentada se da cuenta de
que ha olvidado el pan. Entonces se levanta, se dirige a recoger un trozo de pan
para
comerlo y vuelve a su sitio.
¡Sorpresa! Delante del tazón de
caldo se encuentra sin inmutarse un hombre de color, un negro, que está
comiendo tranquilamente.
¡Esto es el colmo! - piensa la señora
- ¡pero no me dejaré robar! Dicho y hecho. Se sienta al lado del negro y parte
el pan en pedazos. Los mete en el tazón que está delante del negro y coloca
la cuchara en el recipiente.
El negro, complaciente, sonríe.
Toman una cucharada cada uno hasta terminar la sopa. Todo en silencio.
Terminada la sopa, el hombre se
levanta, se acerca a la barra y vuelve después con un abundante plato de
espaguetis y .... dos tenedores. Comen los dos del mismo plato, en silencio,
turnándose.
Al final se va el negro: ¡Hasta
la vista!, se despide, reflejando una sonrisa en sus ojos. Parece satisfecho por
haber realizado una buena acción. Se aleja.
La mujer le sigue con la
mirada. Una vez vencido su estupor, busca con la mano el bolso que había
colgado en el respaldo de la silla. Pero el bolso ha desaparecido.
Entonces .... aquel negro
..... Iba a gritar ¡al ladrón! cuando, ojeando a su alrededor, ve su bolso
colgado de una silla dos mesas más atrás de donde estaba ella, y sobre la
mesa, una bandeja con un tazón de caldo ya frío.
Revista CERCANÍAS 3
Albacete - Jatun Sunqu
Y MAS DE SOLIDARIDAD
EL
LEÓN Y EL RATÓN
Como cada tarde, el león
duerme la siesta. No soporta que nadie le moleste mientras lo hace. Pero hoy, un
ratón travieso se le pasea por encima de la barriga. El león se despierta:
- Grrrr...
¿ Quién osa despertarme?- ruge el león
-
Oh, perdona, rey de la selva, yo...- contesta el ratón
-
¿ Acaso no sabes que cuando me despiertan tengo un hambre terrible?- amenaza el
león. Soy capaz de comerme lo primero que se me ponga por delante.
-
No me comas, por favor. No quería molestarte. Déjame ir. Quizá algún
día pueda seré útil- dice el ratón asustado.
-
¿ Tú?. No hay nadie más fuerte que yo. ¿ Cómo
va a ayudarme alguien tan pequeño como tú?.
Anda, vete y no me molestes más.
- Pasados
unos días, el león sale de caza para pasar el rato. Ve una cebra y la
persigue. Pero, de repente, cae dentro de una trampa de la que no puede salir.
-
¡ Qué tonto he sido! ¿ He caído en la trampa de un cazador!
- ¿El
cazador cazado? – dice una voz aguda desde fuera.
-
¿ Quién es?- dice el león
- Soy
el ratón ¿ Quieres que te ayude?
- ¿
Y cómo me puedes ayudar a salir de aquí?
- Puedo
roer las cuerdas y liberarte- contesta el ratón
Y dicho y hecho. El ratón
empieza a roer las cuerdas que atrapan al rey de la selva hasta que consigue
liberarlo.
- ¿
Ya está! ¿ Eres libre!- dice el ratón
El rey de la
selva sale de la red y da las gracias a su compañero.
- Ahora sé que no soy
tan fuerte como pensaba. Me has salvado utilizando tan sólo tus pequeños
dientes. ¡ Gracias amigo!
CUENTO SOBRE LA SOLIDARIDAD
EL
GUSANITO TRIP
Érase
una vez un gusanito viajero que se sentó a descansar a la orilla de un río y
se quedó dormido.
Cuando
despertó, se encontró rodeado de un montón de gusanos que le observaban.
-Buenos
días, me llamo Trip –les dijo sonriente.
Entonces,
uno de ellos le preguntó;
-¿De
donde has salido? ¡Eres muy raro!
Trip
sorprendido, respondió: - Vengo de una pradera muy lejana, y no se por que me
encuentras raro.
Y
el gusano dijo a Trip:
-Tienes
manchas de colores en la piel, y los gusanos son verdes, eso no es normal.
Trip
se rió mucho y exclamó: -los gusanos pueden ser de colores muy distintos.
Donde yo vivo todos son como yo.
Los
gusanos le dijeron también que no era fácil entenderle y que hablaba como si
cantara.
Trip
les explicó que había gusanos con voces muy distintas: suaves, fuertes,
alegres…
Pero
los gusanos seguían protestando y no querían a Trip.
Entonces,
Gusi, un pequeño y esmirriado gusanito del que todos se reían, le preguntó:
-¿Te
gustaría venir a mi casa? Quiero
ser tu amigo.
Trip
fue hasta su casa, que era un agujero en el tronco de un ceibo, y allí hablaron
horas y horas y los dos se sentían contentos.
Cuando
se hizo de noche, las manchas de Trip empezaron a brillar en la oscuridad.
-¡Vaya eres realmente especial! Le dijo su amigo Gusi sonriendo.
-
Sólo soy diferente, eso es todo, respondió Trip.
Nadie
hablaba con Trip, y él se sentía muy triste.
Pero
un día un gusanito se perdió en el bosque al atardecer, cuando ya apenas se veía
nada.
Los
gusanos importantes se reunieron para pensar de qué forma podrían salvar al
gusanito.
Entonces,
vieron que una luz se acercaba corriendo hasta ellos.
Era Trip que venía a ofrecerse para buscar al pequeño gusano.
Pensaron
en lo mal que se habían portado con él y sintieron vergüenza.
Pero Trip les guió con su luz, sin rencor
a través del bosque.
Por
fin encontraron al gusanito y se pusieron muy contentos a cantar y bailar.
¡Y
todo fue gracias a las manchas de colores de Trip, que tan raras les habían
parecido al principio!
jueves, 26 de diciembre de 2013
SOBRE LA PACIENCIA
¿El valor de la paciencia (cuento árabe)?
En una ciudad donde se enseñaban
todas las ciencias vivía un joven estudiante, animado por un incesante
deseo de perfección. Por el relato de un viajero, un día supo que en un
lejano país existía un hombre incomparable, que poseía todas las
virtudes de los siglos de los siglos. Ese hombre, a pesar de su ciencia,
ejercía de herrero, como antes lo habían hecho su padre y el padre de
su padre.
En cuanto oyó hablar de aquella maravilla de sabiduría, el joven cogió sus sandalias, sus bártulos y se fue. Tras meses de viaje y fatigas, llegó a la ciudad del herrero, se presentó ante él, besó los faldones de su ropa y se mantuvo en una actitud deferente. El herrero, un hombre mayor, le preguntó:
- ¿Qué deseas?
- Aprender la ciencia – contestó el joven.
Entonces el herrero le colocó entre las manos la cuerda del fuelle y le pidió que tirase de ella. El joven tiró de la cuerda hasta que se puso el sol. A la mañana siguiente hizo lo mismo, y los días que siguieron, y los meses que siguieron. Trabajó así durante un año sin que nadie le dirigiese una sola palabra.
Y pasaron cinco años. Finalmente, un día el joven que tiraba de la cuerda le dijo al herrero:
- Maestro…
En la herrería todo se detuvo. Los otros trabajadores parecían expectantes. En el silencio que siguió, el herrero le dijo al joven:
- ¿Qué quieres?
- Quiero la ciencia, maestro…
Y el herrero contestó:
- Tira de la cuerda.
Pasaron otros cinco años en aquel duro y silencioso trabajo. Nadie hablaba. Si un discípulo deseaba preguntarle algo al maestro, escribía la pregunta en un trozo de papel. El maestro, a veces, arrojaba el papel al fuego, lo que significaba que la pregunta era baladí. A veces enrollaba el papel en un pliegue de su turbante, y al día siguiente el discípulo encontraba la respuesta escrita con letras de oro en el muro de su celda.
Al cabo de diez años, el viejo herrero se acercó al tirador de cuerda y le tocó el hombro. Él que había ido para aprender la ciencia, dejó de tirar de la cuerda. Sintió una gran alegría en su interior. El viejo herrero lo abrazó y dejó que se marchase, sin decir una sola palabra. Había adquirido la mayor sabiduría que es la paciencia.
En cuanto oyó hablar de aquella maravilla de sabiduría, el joven cogió sus sandalias, sus bártulos y se fue. Tras meses de viaje y fatigas, llegó a la ciudad del herrero, se presentó ante él, besó los faldones de su ropa y se mantuvo en una actitud deferente. El herrero, un hombre mayor, le preguntó:
- ¿Qué deseas?
- Aprender la ciencia – contestó el joven.
Entonces el herrero le colocó entre las manos la cuerda del fuelle y le pidió que tirase de ella. El joven tiró de la cuerda hasta que se puso el sol. A la mañana siguiente hizo lo mismo, y los días que siguieron, y los meses que siguieron. Trabajó así durante un año sin que nadie le dirigiese una sola palabra.
Y pasaron cinco años. Finalmente, un día el joven que tiraba de la cuerda le dijo al herrero:
- Maestro…
En la herrería todo se detuvo. Los otros trabajadores parecían expectantes. En el silencio que siguió, el herrero le dijo al joven:
- ¿Qué quieres?
- Quiero la ciencia, maestro…
Y el herrero contestó:
- Tira de la cuerda.
Pasaron otros cinco años en aquel duro y silencioso trabajo. Nadie hablaba. Si un discípulo deseaba preguntarle algo al maestro, escribía la pregunta en un trozo de papel. El maestro, a veces, arrojaba el papel al fuego, lo que significaba que la pregunta era baladí. A veces enrollaba el papel en un pliegue de su turbante, y al día siguiente el discípulo encontraba la respuesta escrita con letras de oro en el muro de su celda.
Al cabo de diez años, el viejo herrero se acercó al tirador de cuerda y le tocó el hombro. Él que había ido para aprender la ciencia, dejó de tirar de la cuerda. Sintió una gran alegría en su interior. El viejo herrero lo abrazó y dejó que se marchase, sin decir una sola palabra. Había adquirido la mayor sabiduría que es la paciencia.
- hace 2 años
viernes, 13 de diciembre de 2013
HISTORIA EMOTIVA.
CUENTO DE PRINCESAS
martes, 3 de diciembre de 2013
MARÍA Y EL CARACOL
María salía por las noches para conversar con su amiga. Aunque más que conversar, María la escuchaba mientras ella le contaba cosas del pasado, cosas del presente, cosas del futuro. ¡Su amiga sabía tanto!
—Es una de las ventajas de ser eterna; desde tu punto de vista, claro —Se burlaba un poco de María mientras la miraba con dulzura. Pero María no rechistaba y solo podía mirarla embobada. Era tan bonita, era tan perfecta.
María encontró a su amiga en una de las muchas noches en que salía de expedición por los campos que rodeaban la casa. Esa noche, María estaba en cuclillas mirando como un caracol cruzaba el camino. Pensaba en lo valiente que era el caracol y lo esforzado que se le veía arrastrando su casita. Le daban ganas de cogerlo y dejarlo al otro lado.
—Tal vez así te ayude un poco a llegar a tu destino —Pensaba toda seria.
Estaba muy concentrada pensando si era lícito o no ayudar al caracol. Si debía prestarle un poco de ayuda llevándole al otro lado del camino.
—Para mí no es ningún esfuerzo —Se decía— Pero… ¿Debes ser tú el único merecedor de todo el esfuerzo? Entonces no debería ayudarte —Se replicaba María a sí misma.
Y mientras se debatía ante el dilema oyó una voz sobre su cabeza que le dijo:
— ¿Por qué no le preguntas al caracol?
María ni siquiera se giró, la sentencia era tan evidente. Esa era la respuesta. Simplemente genial: “Preguntarle al caracol”.
María se levantó, rodeo al caracol y volvió a ponerse en cuclillas; esta vez frente a él.
—Caracol —le dijo— ¿Quieres que te lleve al otro lado del camino?
El caracol detuvo su lenta marcha y apuntando a María con sus dos ojos levantó y bajó un par de veces su cabeza en un gesto claramente afirmativo. María, entonces, sujetó al caracol por la concha, lo puso sobre la palma de su mano y con mucho cuidado lo llevo al otro lado del camino para que, tan valiente y esforzado como antes, retomase su camino.
María y el Caracol@ por Daniel Fuentes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
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Si quieres, puedes: copiar, distribuir y comunicar públicamente los cuentos. En tal caso debes citar o enlazar o a la dirección web cuentos-cortos.deegroove.com. No deberías usar los cuentos para fines comerciales y tampoco deberías alterar, transformar o generar una obra derivada.
—Es una de las ventajas de ser eterna; desde tu punto de vista, claro —Se burlaba un poco de María mientras la miraba con dulzura. Pero María no rechistaba y solo podía mirarla embobada. Era tan bonita, era tan perfecta.
María encontró a su amiga en una de las muchas noches en que salía de expedición por los campos que rodeaban la casa. Esa noche, María estaba en cuclillas mirando como un caracol cruzaba el camino. Pensaba en lo valiente que era el caracol y lo esforzado que se le veía arrastrando su casita. Le daban ganas de cogerlo y dejarlo al otro lado.
—Tal vez así te ayude un poco a llegar a tu destino —Pensaba toda seria.
Estaba muy concentrada pensando si era lícito o no ayudar al caracol. Si debía prestarle un poco de ayuda llevándole al otro lado del camino.
—Para mí no es ningún esfuerzo —Se decía— Pero… ¿Debes ser tú el único merecedor de todo el esfuerzo? Entonces no debería ayudarte —Se replicaba María a sí misma.
Y mientras se debatía ante el dilema oyó una voz sobre su cabeza que le dijo:
— ¿Por qué no le preguntas al caracol?
María ni siquiera se giró, la sentencia era tan evidente. Esa era la respuesta. Simplemente genial: “Preguntarle al caracol”.
María se levantó, rodeo al caracol y volvió a ponerse en cuclillas; esta vez frente a él.
—Caracol —le dijo— ¿Quieres que te lleve al otro lado del camino?
El caracol detuvo su lenta marcha y apuntando a María con sus dos ojos levantó y bajó un par de veces su cabeza en un gesto claramente afirmativo. María, entonces, sujetó al caracol por la concha, lo puso sobre la palma de su mano y con mucho cuidado lo llevo al otro lado del camino para que, tan valiente y esforzado como antes, retomase su camino.
María y el Caracol@ por Daniel Fuentes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
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Si quieres, puedes: copiar, distribuir y comunicar públicamente los cuentos. En tal caso debes citar o enlazar o a la dirección web cuentos-cortos.deegroove.com. No deberías usar los cuentos para fines comerciales y tampoco deberías alterar, transformar o generar una obra derivada.
domingo, 1 de diciembre de 2013
1 DE DICIEMBRE 13
UN CUENTO NAVIDEÑO
"Freiz Navad..." Eso es lo que oí cuando abrí nuestra puerta trasera aquella mañana de Navidad.
Un muy joven David L. Eppele estaba deslumbrado por la luz navideña, el árbol y los regalos . Yo estaba justamente en las que probablemente serían las mejores navidades que un 7 añero posiblemente podría tener.
Sabes, había una caja completamente llena de Caramelos caseros de la Tía Ellen, dos cajas de Manzanas (esas que son buenas de Farmington), un cajón de naranjas con el sello oficial de la ciudad de Pasadena, y un saco de 50 libras de piñones para mascar mientras yo jugaba con mi TREN ELECTRICO nuevo.
Despues estaban los Caramelos de Navidad. Yo estaba tan ocupado que no me di cuenta de que estaba zampándome dos barras de caramelo al mismo tiempo!
Esta fue la mañana de todas las mañanas! Era Navidad!
La cocina de leña estaba atareada emitiendo aromas que gritaban: "¡El pavo y la guarnición serán servidos a la hora!"
Ornamentos genuinos de cristal soplados a mano procedentes de Alemania , brillaban suavemente en las ramas del arbol de navidad, y el aroma de los piñones tostados junto con el pavo era una completa sinfonía para los sentidos de este joven hombre.
¿Por qué sería justamente esa misma mañana cuando aprendí el verdadero secreto de comer una caña de azúcar clavada dentro de un agujero perforado en una naranja? Te ponías hecho un desastre... Y, ¿quién dijo que no se pueden hacer pequeños túneles con papel de Navidad sobrante, un poco arrugados pero eternamente bonitos? ¡Oh! Tan solo mira la matrícula de la locomotora eléctrica cuando está atravesando el túnel.
Creo que fue mientras me encontraba a mitad de mi aprendizaje sobre cómo conseguir que mi tren "Lionel" cascara piñones sin descarrilar cuando papi me pidió que abriese la puerta trasera. Yo estaba tan absorbido en la tarea de cascar nueces, que ni siquiera oí que hubieran llamado a nuestra puerta.
Al tiempo que corria hacia la puerta trasera, me apresuraba a abrocharme el cinturón de mi batín totalmente nuevo, justo como el de papá. Yo pensaba que iba bien con mis zapatillas nuevas. Lucía un par de pantalones vaqueros genuinos Levi´s y sería un descuido por mi parte si no te dijera que llevaba puestas 2 camisas nuevas y un par de guantes de piel. No estoy seguro si mi anorak para la nieve estaba recto o no, pero envolví mi cuello con una bufanda roja.
Abrí la puerta trasera de golpe , y, allí en frente de mí, estaba el Indio más viejo que yo creo haber visto. Su cara estaba arrugada y mojada. Sus manos casi moradas por el frío. El estaba a la pata coja, con un pie sobre otro, saltando sobre sus pies para librarse del frío.
"Freiz Navad" dijo . Yo no podía responder a algo que no entendía. No tenía ni idea de lo que decía ese hombre ni de lo que quería.
"Freiz Navad" dijo de nuevo, esta vez señalando un viejo y sucio saco de algodon que llevaba consigo... Yo seguía sin poder responder.
Me volví hacia la cocina donde mamá estaba haciendo esas cosas secretas para hacer las cenas de navidad tan fabulosas. Ví la sorpresa reflejada en su cara cuando ella vió quién estaba en el umbral de la casa.
"Joe, será mejor que hables con ese hombre ...", dijo mamá.
Mi padre vino a la puerta trasera. Puso ambas manos sobre mis hombros mientras que, una vez más, oí al viejo decir "¡Freiz Navad!"
Mi padre hablaba suficiente navajo para entenderse. Oí unas cuantas palabras que creía comprender, pero no las suficientes como para saber lo que estaba pasando. El y mi padre hablaron durante 1 minuto, más o menos, y, después, Papa se volvió hacia mí y me dijo:
"David , ve, entra en casa y coge una bolsa grande de la tienda . Quiero que la llenes con manzanas, naranjas y algunas libras de piñones. Vamos a ayudar a este anciano. Es de Gamerco. Ha andado las 7 millas hasta nuestra ciudad por la nieve para llevar algo de comer a su familia . Dice que toda su familia está enferma y nosotros debemos ayudarle".
"Freiz Navad," dijo de nuevo el anciano a la vez que señalaba su viejo saco.
Creo que fue en ese momento cuando finalmente comprendí lo que estaba pasando. El Hombre viejo nos deseaba, de la única forma que sabía, una Feliz Navidad. Estaba pidiendo Comida y Ayuda para su familia.
Corrí de vuelta a la salita y empecé a llenar la bolsa de la tienda con manzanas y naranjas que mi madre me pasaba. Incluso metí un par de esas cañas de azúcar y después un par más. Puse Piñones en la bolsa casi hasta cubrir la fruta . Después puse unas cuantas naranjas más para acabar de llenar completamente la bolsa. Mientras volvía vi a mi padre dar al hombre viejo un billete de cinco dólares.
Le pasé al anciano nuestra bolsa de papel y esperé mirando como transvasaba todas las manzanas, naranjas y piñones a su bolsa de algodón . Se le cayó una naranja . Me agaché a por la naranja que rodaba al mismo tiempo que el hombre viejo lo hacía. Sus manos cubrieron las mías por unos instantes . Me miró a los ojos y esgrimió una gran y desdentada sonrisa. !Oh, como brillaban sus ojos oscuros!
Yo me quité de mi cuello mi bufanda roja totalmente nueva y se la enrrollé en el suyo.
Ahora bien , no lo supe en aquel momento pero seguro que mi corazón sabía que acababa de aprender algo muy importante, una lección muy valiosa... una enseñanza que llevaría siempre conmigo para siempre .
Es mucho mucho mejor dar que recibir.
¡¡FREIZ NADAD!!
sábado, 30 de noviembre de 2013
PRECIOSO CUENTO DE NAVIDAD
jueves, 14 de noviembre de 2013
ERASE UNA VEZ...........
El león que hebraba rayos de sol
Érase una vez un león que un día fue cachorro. Y luego creció, creció un poco más y de pronto tenía una melena. Era hermoso, como todos los leones. Era valiente, como todos los animales salvajes que han visto los ojos a la muerte. Era fuerte, como todas las criaturas que deben luchar por su vida y sobreviven para contarlo. Sabía más del mundo que tú, que yo y que nadie. Pero nada de esto lo hace especial, pues la mayoría de leones son así.
Había algo que hacía de este león un león diferente, quizás único en su especie. Pues es que érase una vez un león que un día fue cachorro, pero nunca tuvo madre. Su origen era para él un misterio, y durante años el enigma de su existencia enredó su conciencia de león hermoso, valiente y fuerte. A distancia de otros cachorros, a diferencia de otros leones, se planteó su origen y su razón para vivir. Cazaba para mantener su cuerpo en pie, pero esto no era suficiente.
Por eso un día abandonó a la manada con la que aprendió a ser león y se aventuró en la soledad del mundo, un mundo lleno de maravillas, de terrores y otras sorpresas. Ahí en el mundo conoció seres de toda especie. Habló con pájaros recogedores de migas, con gusanos exploradores de intestinos. Trató con ratas comerciantes de bienes. Exploró los tejados de las ciudades con gatos callejeros y las verdades y mentiras de la sierra con los linces más escurridizos. Persiguió ciervos. Observó saltamontes. Profundizó entre los tesoros del hombre en vertederos junto a perros malolientes.
El león viajó por algunos lugares del mundo, y conoció la pobreza de las ciudades y la riqueza de los campos. Ciertas mañanas reflexionaba al sol, pero por más que pensaba, no comprendía que podía aportar él al mundo. A veces, la pequeñez de su existencia le absorbía los sentidos. Otras veces trataba de olvidarse por dentro, resignarse a la ignorancia y concentrarse en respirar. Respirar es todo un arte, a veces. Otras, una maestría.
Entonces, en las circunstancias más bizarras, quizás algo así como una noche de solsticio en la playa mirando a la luna menguante, una hiena se acercó al león. Era una hiena manchada, de orejas de murciélago, patas delgadas y espaldas de nadador. Sus ojos contenían los secretos del universo. Sin necesidad de palabras se sentó junto a él y compartieron el rumor de las olas. Sin necesidad de explicaciones, la hiena preguntó.
-¿Qué respuestas has hallado, hermanito?
-Cuánto más conozco, menos entiendo. Cuánto más descubro, más quiero comprender, y menos me explico.
-¡Pues ya sabes mucho, entonces! Tal vez hayas encontrado tu clave y puede que no necesites más.
El león permaneció en silencio, pensando en las palabras de la hiena. El animal rio a carcajadas.
-Hermanito, ¡no me has hablado de tu familia!
Y explotó de nuevo en carcajadas.
-¿Qué sabes tú de mi familia? -el león tensó sus músculos.
-¡Más que tú, hermanito! -y rio de nuevo, con la lengua colgando, con los ojos enrojecidos- Dicen que hace tiempo la luna allá arriba quiso amar al sol, y al acercarse demasiado a él su calor brutal levantó sarpullidos en la piel perfecta de la luna; dicen que secó el agua de sus lagos; dicen que desde entonces la luna juega desde lejos con el agua que nunca ha podido recuperar, y que sueña con crear olas tan enormes que lleguen allá arriba, y sacien su sed de satélite colosal.
El león calló, entendiendo la historia de la hiena. O desentendiéndola. O cualquier cosa en el medio.
-¿Sabes lo que sé? Que tú tampoco me has hablado de tu familia.
-Shhh. No interrumpas al mar, está diciendo algo...
Las olas rompían el silenciode la noche.
-Hermanito, yo no sé más que tú. Solo sé que yo tampoco tengo madre, que mi madre es esta energía que fluye sobre la tierra. Solo sé que mis respuestas no valen tanto como mis preguntas imposibles, y que el cencerro que suena sobre mi corazón cuida de la locura de mi conciencia.
»¿Cuál es tu virtud?
-Yo soy un león hermoso, valiente y fuerte.
-Y además condenado a la vida eterna. Hijo de Iarnal, vivirás hasta que la hermosura de las criaturas valientes prevalezca sobre su miedo al último latido -se rio, retozando sobre su lomo.
-¿Del último latido del último animal?
-Y no antes, sino entonces -soltó entre risas, patas arriba, con el hocico lleno de arena.
-¿Y cómo no caer en la locura?
-¿Y cómo no creer en la locura? -la hiena se perdió entre sus carcajadas febriles- ¡Déjame! ¡Déjame! ¡Déjame, gato chiflado!
Y la hiena se fue, sin parar de reír. Se detenía cada pocos pasos, desternillándose sobre la arena.
Dicen que hubo una vez y nunca dejó de haber un león fuerte, valiente y hermoso quebuscaba entre sus cualidades el motivo de su existencia. Dicen que por eso hebraba rayos de sol, para hilar la fuerza de su corazón y la pasión incontrolable de tu corazón, del mío y del de nadie. Dicen que protege tu coraje, el mío, el de todos. Dicen que nadie como él sabe hacer de los sueños, realidades.
martes, 5 de noviembre de 2013
UN CUENTO EN DOS PARTES SOBRE LA ALEGRÍA.
KYA Y EL CAÑON – 1ª Parte
Cuento infantil para niños/as, creado por: Rebeca Campos (México)
Cuento infantil para niños/as, creado por: Rebeca Campos (México)
Kya corría veloz con sus delgadas, pero ágiles piernas oscuras entre los altos pastizales tostados por el sol. Sus grandes ojos cafés miraban hacia el cielo desnudo, mientras sus chinos rebeldes se movían hacía todos lados al compás que marcaba el viento travieso que, además, amortiguaba las indiscretas carcajadas que salían a borbotones de su garganta, con el tono único del alma pura y genuina de cualquier niña.
Cuentos infantiles - El rio magico
Su frenética carrera se vio interrumpida por la repentina aparición de un cañón profundo, tan profundo, que cuando Kya se tiró al suelo árido para asomar su cabecita y preguntarle porqué se había atravesado tan maleducadamente en su camino, solo vio oscuridad.
Un poquito curiosa, se apoyó en su lanza para levantarse. Así, parada con los pies a la orilla del voladero, se dio cuenta de que no había visto lo que había del otro lado del cañón.
Al levantar la vista, lo primero que miró fue un par de ojos sorprendentemente azules en la cara de un niño blanco, que la observaba con un poco de temor. Cuando pudo desconectar la intensa mirada, pudo ver que además, todo era diferente en el otro lado.
Mientras que encima de ella el cielo estaba limpio, de color azul intenso, claro, allá solo se veían nubes gigantescas, como de algodón, un tanto oscuras. El viento que hace un rato jugueteaba alegremente con el cabello de Kya, del otro lado demostraba su ferocidad levantando en remolino unos puntos blancos que se amontonaban en el suelo que el niño pisaba, dándole un extraño color al piso que debería ser marrón. Los árboles eran gigantes, y en comparación con los de su tierra que eran cafés con un poco de verde, ahí eran verdes con un poco de café. En la copa de ellos había más puntos blancos.
Kya se frotó los curiosos ojos con fuerza y parpadeó varias veces, porque por un momento la asaltó la sensación de estar soñando. Se preguntaba que clase de sueño sería aquél, donde miraba cosas tan fuera de lo común. Sobretodo, porque veía a un niño que no parecía de la misma especie que ella.
Ella solo alcanzaba a vislumbrarle el rostro y los dedos de las manos, pues el resto de su cuerpo estaba cubierto con unas pieles muy extrañas. Kya intentó imaginarse que animal tenía la piel así, con líneas raras que hacían figuras abultadas y cuadradas, iguales por todos lados. Además, no recordaba un ser que fuera del color del cielo o del agua del estanque donde se bañaba todos los días.
No podía imaginar una cosa así, que sirviera para aislar tanto del mundo a un humano.
Eso la contrariaba un poco. ¿Por qué se cubría? ¿Acaso le daba vergüenza su cuerpo? No podía creer que ella tuviera tanta imaginación como para ver una persona así, tan distinta a ella, que sólo llevaba encima las pieles necesarias para cuidar la pureza. O al menos eso decía su nana, porque si por Kya fuera, no llevaría nada. A ella le gustaba que entre la naturaleza y ella no hubiera barreras, que la comunicación fluyera libre a través de los poros de su morena piel.
Mientras miraba confusa el paisaje que tenía frente a ella, el viento llevó uno de los puntos blancos que había del otro lado, volando por encima del cañón en una corriente suave hasta llegar a su nariz. Al contacto con la pelusita blanca la nariz se le enfrió sin remedio y sorprendida, intentó quitársela de un manotazo, pero cuando su mano llegó a su cara la pelusita ya había desaparecido y en su lugar, había dejado una gotita de agua fría.
La niña, con la cara iluminada y con la sorpresa aún en los ojos, se puso a tararear feliz, dando vueltas sobre su mismo eje. ¡No era un sueño!
-¿Por qué cantas? –le preguntó el niño con voz temerosa. -¿Por qué te ríes?
Kya detuvo sus giros suavemente, entornando sus ojos para poder ver al niño que había demostrado que sabía hablar. Pero ahí había algo curioso. Kya se dio cuenta que él no le había hablado en el idioma de su tribu. Había hablado en uno totalmente nuevo, que sin embargo, entendía a la perfección. En el otro lado, el niño tenía cara de asombro, casi de temor.
-Así demuestro que soy feliz –dijo. -¿Acaso tú no lo eres?
Cuando terminó de hablar, Kya se tapó su boca con las dos manos, un tanto asustada. ¡También ella hablaba como el! Ahora entendía un poco el asombro que había visto en el rostro del muchachito. Ambos comprendían lo que el otro decía, a pesar de que ninguno había hablado así antes.
-¡Claro que lo soy! -le contestó el niño un poco irritado, y después se calló.
Kya lo miró con incredulidad. ¿Cómo alguien que huía de la tierra cubriéndose así podía ser feliz?
Entonces, se le ocurrió una gran idea y sonrió.
-Bueno –habló Kya-. Si lo que dices es cierto, cuéntame que es lo que más feliz te hace en el mundo.
Continuará………………
KIA Y EL CAÑON – 2ª Parte
Cuento Infantil para niñ@s, creado por: Rebeca Campos (México)
El niño abrió mucho sus ojos azules, abrió su boca para contestar y luego la cerró. ¿Qué era lo que lo hacía feliz? Los minutos pasaban y el no decía nada porque no sabía que contestar. Kya, impaciente como era, le cuestionó:
Cuentos cortos-las aventuras de lucia
-¿Entonces eres o no eres feliz?
El niño la miró por un largo rato y después le dijo:
-¿Qué es lo que hace que siempre estés cantando y riendo?
A Kya le brillaron los ojos, y sin abandonar la deslumbrante sonrisa, contestó:
-¡Muchas cosas! Para empezar, el cielo siempre está bonito de este lado, ¿lo ves? Es una buena razón para sonreír, porque si yo lo hago la tierra también lo hace –y cuando terminó de decir eso, Kya se acostó en el suelo y comenzó a reír de nuevo.
A él le desconcertaba un poco las cosas que la niña hacía, ¿porqué cantaba otra vez?
-¿No te da frío acostarte en el piso sin tener algo que te cubra? –le dijo a Kya.
-¡Claro que no! El suelo es muy cálido. –Y con un ademán le dijo. -Ven conmigo a ver el cielo, ¡es muy divertido!
Mientras la niña seguía con su felicidad desbordante, el chico se acercó al borde del precipicio. Lo miró con el ceño fruncido. ¿Cómo podría cruzarlo?
-¡No sé como cruzar! –y después le preguntó -¿Tú si?
Kya se levantó. Estando frente a frente con el niño, mirándolo intensamente y sintiendo en su corazón una calidez que iba creciendo, que se desbordaba por los ojos, levantó su mano izquierda hacia él y le dijo:
-¿De verdad quieres venir?
-Si, si quiero de verdad.
Y entonces el niño levantó también su mano izquierda hacia Kya. El suelo comenzó a estremecerse, pero los niños no sentían el temblor bajo sus pies. Tampoco advertían el esfuerzo del cielo para ser igual para los dos. Ellos solo se escuchaban a si mismos, a sus latidos, a su respiración y a sus voces.
La tierra los escuchaba también. El viento dejó de hacer sus travesuras para poder oír, y los animales pusieron toda su atención en el par de chiquillos que se miraban fijamente.
-Si vienes, ¿serás mi amigo? –preguntó Kya
-¿Qué es un “migo”?
Esta vez Kya no se rió. Con la seriedad con la que una niña es capaz de hablar del porqué le es entretenido mirar las hormigas trabajar, le corrigió:
-Un amigo –y agregó. – En realidad, no lo sé. Solo quiero enseñarte a reír mientras tú me enseñas a vivir.
- ¿Podemos hacer eso? –Le cuestionó el niño- ¿No importa que no nos veamos iguales?
- Por dentro eres carne y alma, como dice mi nana y mi tribu. Somos iguales.
La comprensión se reflejó en la cara de los niños, y supieron que eso era verdad. No sabían que era un amigo, que era el alma. Pero la curiosidad les hizo desear descubrirlo.
- Entonces si quiero.
- Si quiero.
Y casi a la par en que salían esas palabras de sus bocas, el eco resonó suavemente en el cañón, que de pronto ya no era tan grande.
Con las manos aún estiradas, los niños se fueron acercando el uno al otro sin moverse de su lugar, porque el cañón se cerraba a cada latido de los corazones de Kya y del chico.
El cañón se transformó en un camino angosto justo en el momento en el que las palmas de las manos de los pequeños se tocaron. Ambos sonrieron haciendo relucir sus dientes con los destellos del sol que los contemplaba.
- Me llamo Alek
- Soy Kya –le dijo la niña – ¿Quieres ver al renacuajo que descubrí en el estanque?
Sin esperar una respuesta, la niña se echó a correr. Alek sintió el calor del sol de sus mejillas y sonrió aún más. Dejó salir su felicidad a carcajadas y siguió a Kya, mientras su abrigo caía al suelo justo en el lugar en el que una flor brotaba del suelo, una flor cuya raíz llegaba a las profundidades de la madre tierra, que sonreía al ver a los dos amigos correr juntos hacia la vida.
FIN
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CUENTO SOBRE LA ALEGRÍA
CARLA, LA NIÑA QUE RECUPERO LA ALEGRIA
Esta es la historia de Carla, una pequeña niña que vivía feliz en su casa de campo con sus padres y hermanos.
Carla era una niña alegre, traviesa y juguetona. Se pasaba el día jugando y cantando, sola, o para quien estuviera por allí, ya fueran niños, grandes, animales o flores y plantas.
Solo había una cosa que ponía triste a Carla. Quería el amor de su mamá y de su papá para ella sola, no quería compartirlos con nadie. Y eso era un gran dilema porque Carla tenía 2 hermanos, muchos primos, abuelos, tíos, vecinos, y hasta una tortuga como mascota, y todos ellos también eran muy queridos por sus padres.
Aunque lo que más le dolía era repartir el amor de sus padres con sus hermanos. No podía. A veces hacía cosas espectaculares para ganarse su amor y se engañaba pensando que de esta forma sus padres la querrían más a ella que a sus hermanos, pero era en vano, porque lo único que conseguía era estar cada día más triste, porque además ya ni quería jugar con sus hermanos, ni con nadie. Su corazón poco a poco iba perdiendo la alegría, y sus ojos la luz.
Claro está que nadie sabía lo que le pasaba. Porque ¿cómo iba a decirles a sus padres la verdad? Era algo absurdo pretender tener solo para ella el cariño de sus padres, sus padres se reirían de lo absurdo de su pretensión, y en el mejor de los casos le darían un sermón en el que le explicarían que el amor no es exclusivo y que hay que amar a todas las personas.
Y así iban pasando los días para Carla.
Un día de pronto, Carla se fue sola al bosque a refugiarse con sus amigos los animales que merodeaban por allí. Últimamente le gustaba irse sola al bosque y contar a los animalitos sus tristezas. Ellos al menos la escuchaban hasta el final y ella se desahogaba y hasta lloraba sin que le diera vergüenza. Además ese día se había disgustado especialmente, porque su mamá le había hecho una tarta a su hermana Marta. Vale que era su cumpleaños, pero, -recordaba Carla- en mi cumpleaños fue a comprarla a la pastelería porque no tenía tiempo para hacer una. No era justo.
Embriagada por estos y otros pensamientos, no se dio cuenta que se estaba echando la noche encima y que además había empezado a llover a jarros. En cuánto reaccionó, se cobijó debajo de un gran árbol porque en la oscuridad ya no sabía volver a su casa.
Era tanta la tristeza que tenía en su corazón, que pensó que se moriría allí mismo. Se acurrucó entre sus piernas llorando desconsoladamente.
Hasta que de pronto oyó unas voces que le resultaban familiares. A medida que se acercaban podía escucharlas cada vez mejor. Sí, eran de sus papas y sus hermanos. Enseguida les gritó:
- Mama, papa, estoy aquí.
- Dios mío, Carla ¿estás bien? Nos tenías muy preocupados a todos, dijo mamá, visiblemente nerviosa, mientras se iba acercando a ella.
- Mama, papá, perdonarme por haberos hecho pasar este momento tan malo, dijo Carla mientras iba abrazando uno a uno, a toda su familia.
- Ya pasó, dijo mamá, pero tienes que prometernos que nos avisaras cada vez que vayas sola al bosque.
- Así lo haré mamá, os quiero mucho a todos
Carla no les dijo que se había ido al bosque porque pensaba que sus padres no la querían, porque entonces no sabía (eso lo estaba aprendiendo en ese momento) que cuando se reparte el amor se multiplica y que solo cuando se ama, la vida tiene sentido porque se recupera la alegría del corazón y la luz en los ojos.
Y a partir de aquel día Carla recuperó la alegría y volvió a ser la niña alegre y juguetona que siempre había sido.
FIN
Cuento infantil escrito por: Maribel.
Esta es la historia de Carla, una pequeña niña que vivía feliz en su casa de campo con sus padres y hermanos.
Carla era una niña alegre, traviesa y juguetona. Se pasaba el día jugando y cantando, sola, o para quien estuviera por allí, ya fueran niños, grandes, animales o flores y plantas.
Solo había una cosa que ponía triste a Carla. Quería el amor de su mamá y de su papá para ella sola, no quería compartirlos con nadie. Y eso era un gran dilema porque Carla tenía 2 hermanos, muchos primos, abuelos, tíos, vecinos, y hasta una tortuga como mascota, y todos ellos también eran muy queridos por sus padres.
Aunque lo que más le dolía era repartir el amor de sus padres con sus hermanos. No podía. A veces hacía cosas espectaculares para ganarse su amor y se engañaba pensando que de esta forma sus padres la querrían más a ella que a sus hermanos, pero era en vano, porque lo único que conseguía era estar cada día más triste, porque además ya ni quería jugar con sus hermanos, ni con nadie. Su corazón poco a poco iba perdiendo la alegría, y sus ojos la luz.
Claro está que nadie sabía lo que le pasaba. Porque ¿cómo iba a decirles a sus padres la verdad? Era algo absurdo pretender tener solo para ella el cariño de sus padres, sus padres se reirían de lo absurdo de su pretensión, y en el mejor de los casos le darían un sermón en el que le explicarían que el amor no es exclusivo y que hay que amar a todas las personas.
Y así iban pasando los días para Carla.
Un día de pronto, Carla se fue sola al bosque a refugiarse con sus amigos los animales que merodeaban por allí. Últimamente le gustaba irse sola al bosque y contar a los animalitos sus tristezas. Ellos al menos la escuchaban hasta el final y ella se desahogaba y hasta lloraba sin que le diera vergüenza. Además ese día se había disgustado especialmente, porque su mamá le había hecho una tarta a su hermana Marta. Vale que era su cumpleaños, pero, -recordaba Carla- en mi cumpleaños fue a comprarla a la pastelería porque no tenía tiempo para hacer una. No era justo.
Embriagada por estos y otros pensamientos, no se dio cuenta que se estaba echando la noche encima y que además había empezado a llover a jarros. En cuánto reaccionó, se cobijó debajo de un gran árbol porque en la oscuridad ya no sabía volver a su casa.
Era tanta la tristeza que tenía en su corazón, que pensó que se moriría allí mismo. Se acurrucó entre sus piernas llorando desconsoladamente.
Hasta que de pronto oyó unas voces que le resultaban familiares. A medida que se acercaban podía escucharlas cada vez mejor. Sí, eran de sus papas y sus hermanos. Enseguida les gritó:
- Mama, papa, estoy aquí.
- Dios mío, Carla ¿estás bien? Nos tenías muy preocupados a todos, dijo mamá, visiblemente nerviosa, mientras se iba acercando a ella.
- Mama, papá, perdonarme por haberos hecho pasar este momento tan malo, dijo Carla mientras iba abrazando uno a uno, a toda su familia.
- Ya pasó, dijo mamá, pero tienes que prometernos que nos avisaras cada vez que vayas sola al bosque.
- Así lo haré mamá, os quiero mucho a todos
Carla no les dijo que se había ido al bosque porque pensaba que sus padres no la querían, porque entonces no sabía (eso lo estaba aprendiendo en ese momento) que cuando se reparte el amor se multiplica y que solo cuando se ama, la vida tiene sentido porque se recupera la alegría del corazón y la luz en los ojos.
Y a partir de aquel día Carla recuperó la alegría y volvió a ser la niña alegre y juguetona que siempre había sido.
FIN
Cuento infantil escrito por: Maribel.
domingo, 3 de noviembre de 2013
CUATRO CUENTOS PARA HOY 3 DE NOVIEMBRE 13
Cuatro cuentos, con transparencias y retroproyector, sirven de base para crear en el alumnado de tres años todo un mapa conceptual sobre elementos de la naturaleza en otoño. Nubes, viento, hojas secas, lluvia, setas o frutos toman vida para transmitir sentimientos y valores a la vez que nos ayuda a observar la naturaleza en nuestro patio.
Estos cuentos los materializamos en un mural, en la construcción de un árbol tridimensional el rincón de la naturaleza, en libros sobre hojas, cuentos o canciones, y en una gran fiesta de los frutos del otoño con todo el ciclo de Infantil.
CUENTOS DEL OTOÑO
Las dos hojitas.
Era un gran árbol lleno de hojas hasta un día en que apareció un gran viento que comenzó a soplar y soplar. Las hojas iban cayendo al suelo una tras otras. Unas se llenaban de barro, otras las pisaban los niños, y otras iban a parar a la basura cuando las recogía el barrendero.
Había en lo alto de una ramita dos hojas que lloraban porque no querían caer al suelo. No querían llenarse de barro, que los niños las pisaran o que las echaran a la basura. Cada vez que venía el viento se movían pero se agarraban con su rabito muy fuerte a la rama del árbol. De pronto dijo la más pequeñita: "tengo una idea, mira aquel pájaro que vuela por el cielo, por qué no esperamos que venga un gran viento y volamos como él". A la otra hoja le pareció una estupenda idea.
Cuando sopló un gran viento las dos hojas soltaron su rabito de la rama del árbol y volaron por el aire, muy alto, muy alto, hasta desaparecer junto a los pájaros del cielo.
En el teatro, la nube sopla a las dos hojitas.
Las dos gotitas
Las dos gotitas de agua vivían en una gran nube. Comenzó a llover y la gotita pequeña no quería caer, le daba mucho miedo. Su mamá le contó que era muy divertido, que un día calló en una flor, otro día en una casa y otro día en una calle muy bonita. La gotita pequeña ,con mucho miedo, agarró de la mano a su mamá, cerró los ojos y se dejó caer.
Las dos gotitas de agua cayeron junto con las demás, formando una gran lluvia plateada. La mamá mojó la hoja de un árbol, se resbaló y cayó al suelo produciendo un gran ruido: "plaf". Su hija, como era más delgadita, tardó más en caer, se posó sobre un paraguas rojo realizando un ruidito: "clic". Después resbaló y cayó en la gorro de una niña, "clic", se deslizó por su nariz para más tarde gotear en su impermeable azul. Al final acabó en unas botas de agua. Estuvo un buen rato en la bota hasta que la niña comenzó a andar u cayó a un gran charco que había en el suelo. Allí encontró a su mamá a quien le dio un gran abrazo.
Después de contarse el largo viaje, quedaron fundidas en el gran charco de agua. Más tarde, salió el sol, se reflejó en el charco y apareció un bonito arco iris.
Las dos setas
La pequeña seta vivía bajo en gran castaño junto a su mama. Era un lugar muy fresco y húmedo en el que vivían felices. Cierto día, la pequeña seta, vio a lo lejos a un hombre que llevaba un canasto lleno de setas. –Mamá –dijo la pequeña- yo quiero que ese hombre me suba en su cesto y me dé un paseo por el bosque porque aquí me aburro.
La madre, asustada, le dijo: -¡Estás loca!, ese hombre no está dando un paseo a las setas, sino que las arranca para cocinarla y comérsela. El pequeño se quedó mudo, y temblando de miedo se escondió tras su madre y esperó a que el hombre se fuera.
Las dos ardillas
Clásico cuento tradicional en el que una artilla almacena alimento para el invierno mientras la pequeña se divierte sin prever el futuro. Al final tiene que ser alimentada por la solidaridad de la mayor, no sin antes prometer hacerse más responsable para otra ocasión.
Estos cuentos los materializamos en un mural, en la construcción de un árbol tridimensional el rincón de la naturaleza, en libros sobre hojas, cuentos o canciones, y en una gran fiesta de los frutos del otoño con todo el ciclo de Infantil.
CUENTOS DEL OTOÑO
Las dos hojitas.
Era un gran árbol lleno de hojas hasta un día en que apareció un gran viento que comenzó a soplar y soplar. Las hojas iban cayendo al suelo una tras otras. Unas se llenaban de barro, otras las pisaban los niños, y otras iban a parar a la basura cuando las recogía el barrendero.
Había en lo alto de una ramita dos hojas que lloraban porque no querían caer al suelo. No querían llenarse de barro, que los niños las pisaran o que las echaran a la basura. Cada vez que venía el viento se movían pero se agarraban con su rabito muy fuerte a la rama del árbol. De pronto dijo la más pequeñita: "tengo una idea, mira aquel pájaro que vuela por el cielo, por qué no esperamos que venga un gran viento y volamos como él". A la otra hoja le pareció una estupenda idea.
Cuando sopló un gran viento las dos hojas soltaron su rabito de la rama del árbol y volaron por el aire, muy alto, muy alto, hasta desaparecer junto a los pájaros del cielo.
En el teatro, la nube sopla a las dos hojitas.
Las dos gotitas
Las dos gotitas de agua vivían en una gran nube. Comenzó a llover y la gotita pequeña no quería caer, le daba mucho miedo. Su mamá le contó que era muy divertido, que un día calló en una flor, otro día en una casa y otro día en una calle muy bonita. La gotita pequeña ,con mucho miedo, agarró de la mano a su mamá, cerró los ojos y se dejó caer.
Las dos gotitas de agua cayeron junto con las demás, formando una gran lluvia plateada. La mamá mojó la hoja de un árbol, se resbaló y cayó al suelo produciendo un gran ruido: "plaf". Su hija, como era más delgadita, tardó más en caer, se posó sobre un paraguas rojo realizando un ruidito: "clic". Después resbaló y cayó en la gorro de una niña, "clic", se deslizó por su nariz para más tarde gotear en su impermeable azul. Al final acabó en unas botas de agua. Estuvo un buen rato en la bota hasta que la niña comenzó a andar u cayó a un gran charco que había en el suelo. Allí encontró a su mamá a quien le dio un gran abrazo.
Después de contarse el largo viaje, quedaron fundidas en el gran charco de agua. Más tarde, salió el sol, se reflejó en el charco y apareció un bonito arco iris.
Las dos setas
La pequeña seta vivía bajo en gran castaño junto a su mama. Era un lugar muy fresco y húmedo en el que vivían felices. Cierto día, la pequeña seta, vio a lo lejos a un hombre que llevaba un canasto lleno de setas. –Mamá –dijo la pequeña- yo quiero que ese hombre me suba en su cesto y me dé un paseo por el bosque porque aquí me aburro.
La madre, asustada, le dijo: -¡Estás loca!, ese hombre no está dando un paseo a las setas, sino que las arranca para cocinarla y comérsela. El pequeño se quedó mudo, y temblando de miedo se escondió tras su madre y esperó a que el hombre se fuera.
Las dos ardillas
Clásico cuento tradicional en el que una artilla almacena alimento para el invierno mientras la pequeña se divierte sin prever el futuro. Al final tiene que ser alimentada por la solidaridad de la mayor, no sin antes prometer hacerse más responsable para otra ocasión.
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